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lunes, 6 de enero de 2014

ÉRASE UNA VEZ


Por Glenda Vergara Estarita, el 20 de Febrero de 2008

La primera frase de una narración es la que nos indica, como si estableciéramos un vínculo secreto con ella, a qué nos vamos a enfrentar a medida que avanzamos en la lectura del texto. Ella nos anuncia, como una pitonisa elocuente, cómo va a ser nuestra relación con el autor, si va a estar cimentada sobre las bases sólidas del afecto y la pasión, o va a ser, por el contrario, una de esas relaciones condenadas a la frialdad o al fracaso desde su comienzo. Esa sensación, extraña por cierto, se parece mucho a la que se produce cuando nos presentan a una persona y en el cruce de miradas y en el apretón de las manos, ya podemos medir, sin que sepamos la causa de ese presentimiento, el grado de simpatía que nos va a ligar a ella.

Desde su planteamiento inicial un cuento o una novela ya instauran pautas que convidan al interés o a la apatía, a la curiosidad o a la indiferencia. “En el comienzo, Dios creó el cielo y la tierra”. Así se inaugura el Génesis, y es la frase de apertura a un libro que a través de generaciones ha obtenido el fervor de millones de lectores en todas las lenguas. Ni qué decir de la introducción que hace Kafka en su Metamorfosis: “Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto”. Imposible que un lector juicioso se niegue la oportunidad de querer saber acerca del origen de sí mismo y del mundo que le rodea según la versión religiosa, y por qué y cómo, ese pobre personaje Kafkiano amanece metamorfoseado en un animal con patas. En uno y otro ejemplo hay sembrada una inquietud que sólo puede resolverse si el lector se acoge a la opción de proseguir con la lectura.

La primera frase es la que nos previene sobre un tema como lo hace de una manera insuperable Milan Kundera en La insoportable levedad del ser: “La idea del eterno retorno es misteriosa y con ella Nietzsche dejó perplejos a los demás filósofos: ¡pensar que alguna vez haya de repetirse todo tal como lo hemos vivido ya, y que incluso esa repetición haya de repetirse hasta el infinito!”. Si esta frase no hubiera sido la que es, el lector no se hubiera sentido alertado sobre el entorno filosófico que iba a tener la historia del amor triangular de Tomás, Teresa, y Sabina, y no hubiera sospechado a qué profundidad existencial le iba a conducir el autor checo.

ACUERDOS DE APRENDIZAJE Y EVALUACIÓN